Leche

Leche

Los lácteos forman parte de la vida desde el primer día de nuestra existencia. El primer placer gastrosexológico se produce en este contacto gastronómico en brazos de nuestros seres queridos. Es nuestro primer contacto con ese líquido blanco, tibio y dulce que marcará el resto de nuestro contacto con la leche.

Estas primeras experiencias placenteras que sacian nuestra sed y hambre, conllevan un contacto físico que produce una sensación de amor, protección, calor además de calmar nuestro apetito para pasar a un sueño placentero más cercano al éxtasis. Este sueño causado por un aminoácido localizado en la leche unido a la liberación de sustancias de placer de nuestro cerebro por la sensación de saciedad hace que sintamos placer ante diversos derivados lácteos que evocan el recuerdo de esas primeras sensaciones.

Dentro de esta gama podemos encontrar lácteos con sabor a nata, miel, canela, vainilla, coco,etc que recuerdan estos sabores de la infancia y nos producen emociones agradables y relajantes. Con el paso de los años y experiencias nuestra gama de lácteos se abre para ofrecernos otros sabores de derivados de la leche en diversas elaboraciones; estos olores suaves y cálidos ya no evocan en nosotros esta sensación placentera de forma tan intensa, sino que pasa a ser una sensación de relajación. Aparecen entonces los gustos por el requesón, el queso curado, quesos con fermentos lácticos más penetrantes como los quesos azules. Unos productos con intensos olores que inundan nuestro ser cuando son degustados.

Estos aromas de leche fermentada, intensa, evocan un olor similar a los efluvios producidos por el sexo tanto masculino como femenino. No todos disfrutamos con estos olores tan envolventes, incluso a veces picantes, igual que no todos disfrutamos de los olores de estos efluvios sexuales cuando son excesivamente intensos para nuestro gusto. El paladar se acostumbra paulatinamente a esta nueva gama de olores y sabores más intensos igual que nosotros comenzamos a apreciar el olor y sabor del sexo.

Un menú en el que se combine una evolución de lácteos que rememoren la relajación y sensación de protección de nuestra infancia nos predispone a desear probar sabores lácteos más intensos que nos evocan otros recuerdos de placeres más sexuales. Sabores más carnales, picantes, ácidos y salados que podemos contrarrestar a nuestro gusto con sabores dulces como la miel, el caramelo, el azúcar, para así encontrar el punto de equilibrio que necesitamos para excitar nuestro paladar.

En el sexo, como en los lácteos, existe una evolución que depende de la personalidad, gustos y ansias de búsqueda de nuevas sensaciones que diferencia a unas personas de otras.

Este artículo fue publicado originalmente en El Gastronómico nº 25



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